Mi madre está liberada

Imagen de Coquevas

Mi madre es liberada sindical. Es una de las más de 4.000 personas que en España disfrutan de esa situación aunque, en este caso, la palabra disfrutar está más relacionada con el placer de trabajar en algo que la realiza como persona que con las supuestas ventajas que se asocian a dicha posición.

Manifestación Huelga General - 29 de septiembre

Foto: Laura Reyero

Para poneros en situación yo nací en Cádiz en 1982 y por aquella época mi madre trabajaba como enfermera en el Hospital Militar de esa ciudad. Pero en 1983 decidieron cerrarlo debido a una reestructuración y a la cercanía del homólogo recién construido en San Fernando y ella, que ya era delegada sindical del comité de empresa, se encargó de negociar la reubicación del personal afectado en otros centros del entorno. Incluso pudo aprovechar la situación para reubicar a gente que quería moverse más cerca de su familia en otras ciudades. Pero para ella no quedaron plazas vacantes en la cercanía. Preocupada de que el cierre del centro no supusiese la desmembración de decenas de familias, cuando le tocó el turno a la suya propia la única plaza disponible estaba en Sevilla. Así que, ni corta ni perezosa, recogió sus bártulos, a su hijo —yo—, a su pareja —mi padre, en paro por aquel entonces— y puso rumbo a la ciudad que luego me vio crecer.

Una vez allí, y precedida por la fama del buen trabajo realizado en la negociación del cierre, CCOO le propuso volver a la actividad sindical pero ella decidió tomarse un tiempo para criarme, convalidar su título de ATS en el de Enfermera y compatibilizar sus turnos con un trabajo de profesora adjunta de Enfermería Infantil en la Universidad de Sevilla, entre otras cosas. Pasados unos años volvieron a proponerle participar en la tarea sindical. Comenzó primero con algunas horas sindicales y luego pasó a estar completamente liberada.

Durante esa liberación se tuvo que poner al día de cantidad de situaciones laborales, ya que el Hospital Militar dependía del Ministerio de Defensa y la plantilla civil a nivel provincial no estaba formada únicamente por personal sanitario. Era tan dispar que iba desde personal técnico de mantenimiento, o de construcción aeronáutica, hasta quien se encargaba de tapizar las sillas de montar de la caballería.

La liberación implicó que pasara horas en reuniones, negociando condiciones laborales o reivindicando e intentando resolver irregularidades o injusticias. Reuniones que duraban horas, que excedían una jornada laboral normal y que requerían una preparación que no era posible hacer durante la jornada ordinaria. Así que ella llegaba a casa, se sentaba a trabajar y la mayoría de las noches tenía que arrancarla de la silla porque la cena se le enfriaba. Todo este trabajo tenía que compaginarlo con las obligaciones internas que implica estar en una organización democrática, lo cual supone participar en los órganos, realizar procesos electorales y demás labores, que también consumen tiempo. Por aquel entonces mi madre trabajaba unas 12 horas diarias cobrando únicamente su sueldo de enfermera.

En el año 2000 la historia se repite y se anuncia el cierre, junto a otros hospitales, del Hospital Militar de Sevilla. Mi madre entonces solicitó dedicar sus horas sindicales por completo al conflicto de su centro y, así, empezar una andadura que duró cuatro años durante los cuales ella iba a todos sitios cargando con sus listas, las de todo el personal del centro (más de 700 personas) porque en España, afortunadamente, las ventajas que negocia un sindicato se aplican a todos los trabajadores y no sólo a sus afiliados como sucede en algunos países. Cuatro años durante los que, a lo dicho anteriormente, se añadían continuos viajes a Madrid para reunirse con el Ministerio, y todo ello unido a la desazón por la desesperación de todo el personal, que temía acabar en los pocos hospitales militares que permanecerían abiertos (El Ferrol, Madrid…) lejos de sus hogares. Cuatro años llenos de fines de semanas trabajando, estudiando documentos y elaborando propuestas para buscar también salida al personal de limpieza, cocina, lavandería… Para impedir que nadie se quedara sin empleo. Incluso viví anécdotas como la del día que teníamos entradas para ir a ver a Les Luthiers (siempre que venían a Sevilla íbamos juntos a verlos), pero tuvo que regalar la suya porque, ese mismo día, tenía la oportunidad de ir a un evento donde tal vez, y sólo tal vez, podría hablar con Javier Arenas (Secretario General del Partido Popular por aquel entonces) para intentar transmitirle la gravedad del conflicto. Recuerdo que, llegado un momento, no le dejaba descolgar el teléfono más tarde de las 10 de la noche para que nadie me estropeara el pequeño rato que tenía cada día para estar con ella. Finalmente, su empeño, y el de las personas que con ella trabajaron por aquel entonces, hizo posible el traspaso del centro y de su personal sanitario a la Consejería de Salud andaluza.

Acabado dicho proceso volvió a recibir la propuesta de seguir liberada pero, una vez más, se tomó un tiempo para poder hacer el curso de reciclaje que había negociado con la Junta de Andalucía para todo el personal transferido, e incorporarse a su nuevo puesto de trabajo. Tan sólo 11 meses después volvió a integrarse en el equipo de CCOO, esta vez en la federación de sanidad de Andalucía, donde sigue actualmente. Mi madre continúa trabajando muchas horas diarias y ha cambiado los viajes a Madrid por reuniones repartidas por toda la geografía andaluza. Y cuando aprovecha un festivo local para venir a verme a Madrid, adelanta trabajo durante el viaje y sé de antemano que la mitad del tiempo estará resolviendo por teléfono problemas de trabajadores de otras provincias en las que no es festivo.

Cuento esta historia porque, al fin y al cabo, es la que me ha tocado vivir, pero existen muchas más que he podido percibir entre las personas liberadas que trabajan con mi madre. Cuando he ido a ayudarles con algún ensobrado u otro tipo de tareas siempre he visto a todo el mundo comprometido y trabajando a destajo. Compañeros y compañeras de mi madre que viven en otras provincias vienen a Sevilla dos y tres días en semana para poder hacer las reuniones y acudir a las negociaciones.

Por todo esto, cada vez que alguien critica la labor de los únicos intermediarios que, legalmente, hay entre la voracidad de los empresarios y los derechos de los trabajadores, cada vez que alguien los acusa de vagos o de acomodados yo me pregunto si esa persona ha tenido alguna relación con un sindicato o si es de los muchos que se aprovechan de su trabajo pero luego no devuelven nada a cambio. Me pregunto si saben por qué tienen derecho a un máximo de 40 horas semanales y a un mínimo de 22 días de vacaciones pagadas y, si tienen la suerte de tener más vacaciones, si saben quién las negoció en su convenio.

Por todo esto, cada vez que alguien critica a los sindicatos yo me rompo un poco por dentro.

Comentarios


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Gracias por compartir esta historia con nosotros.


Yo, como amigo y vecino que vive a diez pasos sé de la veracidad palabra a palabra de esta historia. Yo también he sido partícipe un chispo indirectamente, con Jorge en algunos de los tinglados en los que se metía su madre como manifestaciones o papeleos con el ordenador, aunque fuera dando apoyo moral, y la verdad es que después de vivir 20 años de vecino, he visto a la madre de Jorge muy poquito, así que de vagos y holgazanes, poco.


Yo lo siento pero tengo que decir que lamentablemente, y con todo el respeto a la madre de coquevas, los liberales sindicales vagos y holgazanes existen.

Mi madre es directora de un instituto, y echa un montón de horas (para ser profesora). Muchas más de las que le corresponden. Y los representantes sindicales con los que ella tiene contacto podrían salir en la próxima película de torrente. Vagos, caraduras, bordes y mafiosillos de baja estopa.

Cuando más se mueven es cuando llega la hora de ‘renovar’ como representantes. Entonces súbitamente son todo relaciones públicas; hablan con todo el mundo, principalmente para asegurarse de que otro profesor no se presente.

Durante la huelga “general” del otro día no se les ocurrió otra cosa que llenar la cerradura del instituto con silicona para que los que quisieran ir a clase no pudieran entrar. Aunque ni eso hicieron bien, se olvidaron de la puerta de servicio. Y cerradura de la puera, que la pague el instituto, claro.

Ahora mi madre quiere poner un control de acceso para evitar que algunos profesores (y representantes sindicales) se ‘escaqueen’ de las horas que tienen que estar en el instituto. Y los otros la tachan de querer imponer un ‘estado policial’ en el centro, ¡y de atentar contra los derechos humanos!

Entiendo que seguro que hay representantes sindicales buenos y sacrificados, pero todos no lo son. Como en todos lados, hay manzanas podridas.


Los sindicatos mayoritarios son unos vendidos, y los liberados sindicales la mayoria una panda de vagos y vividores.

Ole por tu madre y su trabajo, pero porque haya una que haga las cosas como tocan no nos vas a convencer de que la gran mayoria no pegan ni palo al agua. Por cada historia buena hay diez malas…


Grande, Coque. Gracias por contarlo!


Lo que hay que sacar de esta historia es que afortunadamente existen sindicalistas que hacen bien su trabajo. No tiene que ser nada agradable desvivirte por un trabajo, hacerlo mejor incluso de lo que deberías y que la fama de este haga que te tomen por un vago.


La de su madre es una trayectoria personal ejemplar. Ruego que le haga llegar mi más sincera felicitación y agradecimiento. Gracias por compartir esas vivencias y por el interesante blog que mantiene.


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Justos y pecadores. Nunca dudé que existieran personas como tu madre. Y te felicito a ti por tenerla como madre y a nosotros porque personas como tu madre existen.

Pero he conocido en los sindicatos muchos más que son la antítesis de ella que parecidos a ella. Lamentablemente.

Sin ir más lejos, en la Universidad de Sevilla.

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